martes, 12 de junio de 2007

La autoestima, no tan —auto

Diariamente nos encontramos con gente que tiene mucha autoestima o gente que tiene muy poca autoestima. Generalmente pensamos que aquellos con mucha autoestima son personas "muy seguras de sí mismas", mientras que otras personas con menos autoestima tienen "inseguridad". Dicho esto, parecería que la autoestima es algo así como un don. Aquellos agraciados que tienen mucha seguridad en sí mismos, mucha autoconfianza, tienen un gran concepto de sí mismos. Sin embargo más a menudo de lo que sería deseable obviamos el impacto que tiene el factor externo en todo esto. Si bien es innegable que hay personas más proclives a confiar en sí mismas que otras, lo cierto es que creo que sin un feedback que provenga del exterior es muy difícil alcanzar la total autoestima. Es como si nuestra mente tuviese un mecanismo de defensa ante la subjetividad que imprimimos cuando opinamos sobre nosotros mismos. (Cuando fallase este mecanismo de defensa estaríamos ante un caso de narcisismo como el de Fernando Sánchez-Dragó).

Sea como fuere, hay que tener presente que el ser humano es social y gregario por naturaleza, y ello se manifiesta no sólo en el hecho de que disfrute de la compañía de otros semejantes, sino que su mente ha evolucionado para la interacción con semejantes. Es como si la mente del ser humano hubiese evolucionado a lo largo de millones de años para formar parte de una red social, en la que un nodo aislado funciona a medio gas y sólo al interconectarse con el resto de la red está a pleno rendimiento. Así, nuestro cerebro habría funcionado para que el aspecto autoemocional, lo que pensamos y sentimos por y hacia nosotros mismos necesite de elementos de juicio externos. Sin estos inputs de apoyo moral, cualquier ego sano, por muy rollizo que esté, acabará desinflándose.

Evidentemente ese feedback del que hablaba tiene calidades, y todos valoramos más el apoyo de un hermano o un íntimo amigo que el ladino apoyo de un enemigo que sabemos puede ser una manzana envenenada. Por eso precisamente cuando aquellos seres más cercanos nos fallan (por su ausencia o simplemente dejación) a la hora de alimentar nuestra autoestima, es cuando más se resiente nuestro concepto de nosotros mismos. A nadie le preocupa que su peor enemigo jure en hebreo sobre nuestra tumba, mientras que el hecho de que tu mejor amigo, tu pareja o tu hermano deje de apreciar algo en ti de forma permanente en el tiempo supone a la larga una demolición de los pilares de esa supuesta "autoconfianza", (que como vemos, de auto tiene muy poco).

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